Por Deborah Breff

Días de cambios, nostalgias, preguntas cuyas respuestas llegarán con el tiempo, que son los días, las semanas, los meses. Días donde el péndulo se debate entre los extremos de las polaridades, de lo que sí es y lo que no de acuerdo a los estándares de una sociedad que está mudando su piel. Yo en cama, pesando mientras concilio el viaje al mundo de los sueños. La luz azul de mi teléfono móvil me avisa que alguien ha respondido a un post de las redes. Me llamó oscurantista, en buen castellano bruja. Sonreí, y me dormí.
4:35 a.m. Mis ojitos se abren y a despertar. Hace mucho tiempo que mi cuerpo prefiere el silencio de la madrugada para crear. Mi último recuerdo de lo que soñaba, las palabras PARACELSO EL ALQUIMISTA. Salté como un resorte y aquí estoy, poniendo en papel un poquitín de ese grande que entre tanto dejó escrito «La hechicería ha sido denominada magia: pero la magia es sabiduría, y no hay sabiduría en la hechicería«.
Revisando la hemeroteca aquí les comparto unos fragmentos que le dedicara la BBC.
Su nombre completo era Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim pero pasó a la historia por el apodo que él mismo se dio: Paracelso.
Algunos historiadores lo consideran un precursor de la biología, la antropología y la bioquímica. Carl Jung incluso lo creyó un pionero del psicoanálisis. Pero Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim —más conocido por su alias, Paracelso— vivió mucho antes de que todas esas disciplinas se crearan.
Paracelso fue un médico que nació cerca de Zúrich, Suiza, en 1493. Además de doctor era astrólogo y alquimista y su principal aporte a la medicina fue la creación de las primeras drogas basadas en químicos y minerales. La vida de este hombre, que se apodó a sí mismo Paracelso —literalmente en latín: superior a Celso, un famoso médico romano del siglo I— fue tan colorida y polémica que inspiró a incontables escritores a través del tiempo, desde Goethe hasta Jorge Luis Borges.
A pesar de haber recibido una formación universitaria, Paracelso se oponía a la enseñanza reglada de la medicina y chocó con el establishment médico.
Cuestionó los textos de Hipócrates, Galeno, Avicena y otros autores clásicos, y hasta quemó públicamente algunos de sus libros. En lugar de seguir las tradiciones antiguas, heredadas de los griegos y los árabes, propuso que la práctica médica se basara en principios de la alquimia y la astronomía. Él creía que los seres humanos son un microcosmos y que un buen médico no es el que más se prepara académicamente, sino el que mejor entiende la naturaleza y el orden cósmico. Pensaba que solo los médicos con este talento innato debían practicar la medicina.1
No terminaría de hablarles de este maestro. Solo recordé algo de él que ha sido brújula en mis días. Las 7 reglas de Paracelso.
Las siete reglas de Paracelso:
- Lo primero es mejorar la salud, partía de la tesis que hay que respirar profunda y rítmicamente al aire libre, llenando bien el abdomen. Beber diariamente en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más completo posible, evitar el alcohol, el tabaco y la automedicación, así como bañarse diariamente.
- Desterrar absolutamente del estado de ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y de pobreza. O sea, para ello debe huirse, como de la peste, de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas, vulgares, o que la base de sus ocupaciones y conversaciones sean tópicos no éticos ni morales. Esta regla es de importancia decisiva, por cuanto se trata de cambiar la contextura espiritual del alma. La suerte no existe y el destino depende de los propios actos y pensamientos.
- Hacer todo el bien posible. Esto es, auxiliar a todo desgraciado siempre que se pueda, pero jamás tener debilidades por ninguna persona. Cuidar las propias energías y huir de todo sentimentalismo hueco.
- Olvidar toda ofensa, más aún: esforzarse por pensar bien siempre. Por ejemplo, todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior. Hay que destruir todas las capas superpuestas de viejos hábitos, pensamientos y errores que enmascaran la profunda esencia del ser, que es perfecta.
- Recogerse todos los días, por lo menos media hora, en donde nadie pueda perturbar. Explica que eso fortifica enérgicamente el cerebro y pone en contacto con las buenas energías. En ese estado de recogimiento y silencio, suelen surgir a veces ideas luminosas, que con el tiempo uno se llega a percatar que fueron un elemento fundamental para la solución de problemas. Y es que ellas brotan de esa dimensión profunda y honda del ser humano a la que Sócrates llamaba daimon.
- Guardar silencio de todos los asuntos personales. O sea, abstenerse, como si se hubiese hecho un juramento solemne, de referir a los demás, todo cuanto se piense, se oiga o se descubra, hasta tanto se verifique, compruebe o se tenga la completa certidumbre.
- Jamás temer a los seres humanos, ni que inspire sobresalto la palabra “mañana”. Decía Paracelso, que cuando el alma está fuerte y limpia, todo sale bien. Jamás creerse solo, ni débil. El único enemigo a quien se debe temer es a uno mismo. El miedo y la desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas energías y con ellas el desastre. Si se estudia atentamente a las personas triunfadoras, se verá que intuitivamente observan gran parte de las reglas que anteceden.
Por otro lado, la riqueza no es sinónimo de dicha. Puede ser uno de los factores que conduzcan a ella, por el poder que ofrece para hacer buenas obras; pero la dicha más duradera solo se consigue por otros caminos; allí donde nunca impera el antiguo Satán de la leyenda, cuyo verdadero nombre es egoísmo. Jamás debe quejarse uno de nada, hay que dominar los sentidos; huir tanto de la autocompasión como de la vanidad. La autocompasión sustrae fuerzas y la vanidad las paraliza.
Estos días en que seremos testigos y elegidos a vivir el comienzo de la ERA DE ACUARIO, en medio de la caída de todas las viejas estructuras que nos llevaban a la extinción, te comparto estas 7 Reglas que a pesar de tener siglos de existencia, se mantienen tan frescas como el agua, tan radiantes como el metal más precioso y son esenciales para alcanzar la verdadera transformación: LA ALQUIMIA.